Batalla de Uclés (1108)

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Batalla de Uclés (1108)

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Batalla de Uclés de 1108
Parte de Reconquista
Fecha 29 de mayo de 1108
Lugar Uclés
Resultado Derrota Cristiana
Beligerantes
Escudo de Castilla.svg Reino de Castilla Flag of Almohad Dynasty.png Imperio Almorávide
Comandantes
Escudo de Castilla.svg Sancho Alfónsez Flag of Almohad Dynasty.png Yusuf ibn Tasufin

La Batalla de Uclés del año 1108 fue una batalla librada en la localidad española de Uclés, en la provincia de Cuenca, el 29 de mayo de 1108, entre las tropas cristianas de Alfonso VI de León y Castilla y las almorávides de Yusuf ibn Tasufin, con la derrota de las primeras.

Contenido

Antecedentes

El caudillo almorávide Yusuf ibn Tasufin, que ya había derrotado a Alfonso VI en Zalaca (o Sagrajas) en 1086 había regresado a África por la muerte de su hijo. Algunos años más tarde desembarca de nuevo en la península y vuelve a enfrentarse al ejército del monarca castellano en Uclés. Alfonso VI no estuvo presente en la batalla, pero sí su único hijo varón, Sancho Alfónsez, que perdió la vida en ella.

Los almorávides conquistaron Valencia en 1102 consiguiendo una importante vía de penetración hacia el interior peninsular. Tras diversos ataques contra los condados catalanes decidieron atacar el reino cristiano por su flanco este, eligiendo a Uclés como primer objetivo.

Este es un punto estratégico celtíbero posteriormente romanizado del que se conservan numerosas inscripciones latinas y que era llamado Pagus Oculensis, de ahí Uclés, en árabe Uqulis. Al desaparecer Segóbriga, pasó la capitalidad de la kura (región) de Santaveria (Celtiberia) a Uclés, donde en 775 se sublevó contra Abd al-Rahman I, al-Fath b. Musa B. Di-l-Nun, de la que hizo su capital y en la que levantó diversos edificios. Bajo la protección de Alfonso VI fue uno de los pocos emplazamientos que empezaron a desarrollarse.

El jefe almorávide Ali ibn Yusuf designó a su hermano Tamín, gobernador de Granada, como mando supremo del ejército. Partió en la primera decena de mayo de 1108 -última del Ramadán- dirigiéndose a Jaén, donde se incorporaron las tropas de Córdoba mandadas por Ibn Abi Ranq. Siguieron por Baeza donde, entre la Roda y Chinchilla, se unieron el conquistador de Murcia y Aledo, Abu Abd Allah Muhammad Aysa, y el de Valencia, Abd Allah b. Fátima, con el fin de que ninguna de las milicias se vieran aisladas en algún momento cuando se internaran en territorio enemigo.

El gran ejército avanzó, mal ordenado, indisciplinádamente, según era su costumbre y desprovistos de máquinas de guerra, abiertamente a través de la Meseta, saqueando y quemando los pequeños asentamientos cristianos que encontraban a su paso. Tras veinte o veinticinco días de marcha llegan a Uclés, el miércoles 27 de mayo.

La última jornada fue galopante para sorprender, por la mañana, a sus moradores. Cruzaron el río Bedija, que nace de la fuente firas al-madina, sitiando la ciudad extendida por la falda este del escarpado cerro orientado de norte a sur en que está enclavado el castillo, fortificado con puente levadizo y siete torres: Albarrana, de la Plata, Blanca, del Homenaje Viejo, Homenaje Principal, del Pontido y del Palomar; estaba amurallado y contaba con seiscientas cincuenta almenas cuando se extendió con un segundo cerco, y seis puertas: Herrería, Alcantarilla, del Agua, del Póstigo, Sicuendes y San Pedro.

Los habitantes se quedaron estupefactos ante aquel inesperado ataque, poco pudieron hacer para evitar la destrucción de las partes bajas de las defensas y evitar el asalto. Los atacantes hicieron prisioneros a los que no dio tiempo de refugiarse en la alcazaba, que no llegó a ser tomada. En el poblado hicieron estragos, asesinando, arrancando árboles, derribando casas destruyendo la iglesia, sus cruces y estatuas, arrancaron las campanas sustituyéndolas por almuédanos. Saquearon y se hicieron mutuos regalos de prisioneros. Los mudéjares del lugar recibieron a los asaltantes como libertadores descubriéndoles brechas y partes cerradas. El sol se ocultaba y los muslimes regresaron a su campamento disponiendo centinelas que vigilasen sus extremos para evitar algún ataque por sorpresa. Durante el día siguiente, jueves 28, centraron sus esfuerzos en atacar la alcazaba ocasionando daños, pero sin lograr asaltarla.

Informado Alfonso VI del movimiento de tropas enemigas y del cerco que habían impuesto al importante enclave de Uclés, reunió un ejército con las fuerzas que más rápidamente pudo disponer: las propias de Toledo, las de Alcalá de Henares, Calatañazor y las mesnadas de los condes Garci-Fernández, Conde Gomecio, Martín Lainez, García de Cabra, Sancho -nieto del Cid- y Fernando Díaz.

El viejo rey arrastraba una herida en la pierna sufrida en la batalla de Salatrices. No pudiendo entrar en campaña delega el mando del ejército en Álvar Fáñez, sobrino del Cid y fundador, entre otros, del Castillo de Huelves. Para darle viso de autoridad a la expedición toma una grave decisión: enviar a su hijo Sancho Alfónsez al frente.

Sancho era su único hijo varón, fruto de las relaciones amorosas con la joven y bella princesa Zaida. Desde el mismo momento de su nacimiento fue reconocido como heredero, designado a reinar en los dominios cristianos a pesar de haber nacido fuera del matrimonio y de que su madre fuera mora. Su padre así lo quiso haciéndole figurar en los diplomas reales a partir de 1103 ostentando las denominaciones de "puer, regis filius, infans, regnum electus patrifactum y Toletani imperatoris filius". En el "quirógrafo de la moneda", que es el último diploma donde suscribe el infante, aporta el dato de que su padre le había encomendado el gobierno de Toledo. Los cronistas dicen refiriéndose a su edad que era "adhuc párvulo", que podía montar a caballo pero era incapaz de defenderse, por lo que estaría en torno a los diez años. Al cuidado de este príncipe de doble sangre, está su ayo el conde de Nájera, García Ordóñez, a quien llaman Boqui tuerto y también Crispín, a quien el rey le hizo el encargo especial de ser el directo responsable de su seguridad.

En Castilla y León había veintisiete nobles y diecisiete obispos, por tanto los ocho aristócratas reunidos por Alfonso VI suponían un quinto de los recursos militares del reino, con unos efectivos entre caballeros, escuderos, mozos de caballos, encargados de las distintas remesas de provisiones y efectos y de los colonos del lugar reclutados de aproximadamente 3.000 o 3.500 combatientes.

En la noche del jueves 28 al 29 de mayo, un joven musulmán desertor del ejército cristiano informa a los muslines dando todo tipo de pormenores del mismo. Tamín celebró consejo de guerra con los gobernadores de Murcia y Valencia, Ibn A ysa e Ibn Fatima, y acordaron dar la batalla, pero antes aseguraron bien el campamento reforzando su guardia y sus defensas contra la guarnición de la plaza, por si esta hacía una salida durante el encuentro.

La batalla

Al rayar el alba, a punto de dar las 6 del viernes 29 de mayo, salieron los musulmanes al paso de los castellanos situándose a poca distancia de Uclés, al suroeste. Avanzaban los cordobeses en vanguardia, las alas las formaban las tropas de Murcia y Valencia, y el centro o saqa va mandado por Tamín con los soldados granadinos.

Los almorávides, como los tuareg del Sahara y de los confines de Nigeria, de donde procedían, cubrían el rostro con velos negros y atacaban al ritmo ensordecedor de tambores de piel de hipopótamo, con banderas desplegadas, sembrando el terror entre sus enemigos. Además, contaban con saeteros que combatían en ordenadas filas paralelas. La táctica de masas compactas y disciplinadas que actúan en concordancia era nueva para los cristianos, acostumbrados a los encuentros singulares. Los dos ejércitos estaban a la vista el uno del otro, frente a frente.

Álvar Fáñez, sin más, ordenó atacar a la caballería seguida de los de a pie, arremetiendo de frente, en campo abierto, confiando la victoria a la gran fuerza de choque. No hubo misiones de reconocimiento, no hubo planes preliminares, no hubo estrategias, no hubo escaramuzas, no hubo tanteos. Los cristianos enlorigados descargaron toda su furia contra las tropas cordobesas, a las que derrotan pero no completamente. Estas son capaces de retroceder ordenadamente 1.800 metros hacia el este uniéndose a las huestes granadinas. Un forzudo jinete árabe avanzó desafiante. Le salió al encuentro otro campeón cristiano, manteniendo un encarnizado duelo. El castellano fue herido y desarzonado de su montura.

Las alas murcianas y valencianas atacaron el campamento cristiano arrasándolo, poniendo en fuga a la solitaria infantería. Volvieron sobre sus pasos al grueso de la batalla, favorecidos por su mayoría numérica, atacaron los laterales y la retaguardia, mientras los granadinos junto a los recompuestos cordobeses arremetían la vanguardia en una clara táctica envolvente que tantos éxitos les había dado en otras refriegas, y que prontamente aprendió El Cid.

El desorden reinaba en las filas cristianas sin tiempo para defenderse por todos los frentes, incapaces de improvisar un plan de emergencia provocando la huida de una tropa auxiliar de judíos. La situación se volvió dramática y los esfuerzos se centraron en salvar al hijo del rey. Dice D. Rodrigo, que copia y traduce la Primera Crónica General: "Como un enemigo hiriese gravemente el caballo que montaba el infante Sancho, dijo este al Conde: 'Padre, padre, el caballo que monto ha sido herido'. A lo que el conde respondió: 'Aguarda, que también a ti te herirán luego'. Y al punto cayó el caballo, y al caer con él el hijo del rey, descabalgó el conde y colocó entre su cuerpo y el escudo al infante, mientras la muerte se cebaba por todas partes. El conde, como era muy buen caballero, defendió a al infante por una parte cubriéndolo con el escudo y por la otra con la espada, matando a cuantos moros podía; pero al fin le cortaron el pie y al no poder tenerse, se dejó caer sobre el niño porque muriese él antes que el niño". Es esta una versión influida por un cantar de gesta o romance.

Lo cierto es que las tropas cristianas sufrieron una severísima derrota, en parte, por la firme decisión de los nobles de mantener su posición en torno al príncipe, siendo casi totalmente aniquilados. Tras una resistencia desesperada, los siete condes, en su afán de proteger al infante Sancho, escaparon a galope tendido hacia el noroeste, al Castillo de Belinchón, a unos veinte kilómetros. Álvar Fáñez, con un grupo regular de caballeros, logró eludir el cerco dirigiéndose hacia el norte para preservar los cauces alto y medio del Tajo.

Pero el peligro no pasó. Los mudéjares de Belinchón aprovecharon la victoria almorávide para alzarse contra sus señores cristianos. Los nobles fueron sorprendidos por un ataque que no había entrado en sus cálculos cuando estaban exhaustos tras la batalla. El príncipe, en vez de recibir protección y refugio en el Castillo, fue traidoramente asesinado junto a sus escoltas.

Según D. Rodrigo, Alfonso VI, al tener conocimiento de la muerte de su heredero exclamó en medio de suspiros: "¡Ay meu fillo!, alegría de mi corazón e lune dos meos ollos, solaz de niña vellez. ¡Ay meu espello en que yo me solía ver, e con que tomaba moy gran placer! Caballeros, ¿hu melo dejastes? Dadme meu fillo, condes".

La pérdida de la estratégica fortaleza de Uclés, la derrota de su ejército, tantos nobles desaparecidos y sobre todo la pérdida de su hijo, le supuso al rey y su corte un duro golpe del que personalmente no se repondría. Al año siguiente fallecía.

El Bedija se tiñó de rojo y el campo quedó sembrado de cadáveres. Los almorávides no hicieron prisioneros. Los que no pudieron huir y quedaron heridos fueron rematados. Les cortaron la cabeza, sumando cerca de tres mil, y con ellas hicieron un macabro montículo desde el que los almuédanos llamaron a la oración pregonando la unidad de Alá, engrandeciéndolo por la victoria habida.

Entre otros destacados, murió en la batalla el imán al-Yazuli. Hicieron un gran botín en caballos, mulas, armas, dinero y escudos que por ser excesivamente pesados les molestaba el cargarlos.

Los de Uclés, sintiéndose a salvo, se mantuvieron en la fortaleza sin apoyar a sus correligionarios en el combate. Tamín, en vez de continuar el sitio del castillo, regresó apresuradamente a Granada y dejó que los gobernadores de Murcia y Valencia acabasen de rendir la ciudadela. Al no disponer de máquinas de asedio y ante las dificultades que ofrecía aquel empinado risco con sus formidables murallas, fingieron retirarse, pusieron celadas y, cuando los sitiados evacuaron la fortaleza y quisieron ponerse a salvo, los sorprendieron matando a unos y cautivando a otros.

A la rebelión de Belinchón y la toma de Uclés, siguieron la pérdida de Ocaña, Amasatrigo, Huete y Cuenca, lo que facilitó al emir Alí, dos años después, emprender una campaña que finalizaría con la absorción de Zaragoza por el imperio almorávide.

Consecuencias

Como consecuencia de la derrota de Uclés y opinando que los baños enflaquecían a la gente guerrera, fueron vedados y quitados.

Los musulmanes llamaron al lugar donde se celebró la batalla Siete Puercos. Más tarde, el comendador de Uclés, Pedro Franco, mudó el nombre por Siete Condes, vocablo que ha derivado en Sicuendes. Con este nombre se levantó un pequeño poblado, hoy desaparecido, entre Tribaldos y Villarrubio, a unos seis kilómetros al suroeste del castillo. También había una cruz de piedra a mil pasos de la villa, con un crucifijo por un lado y la Virgen por otro. El paraje tiene un hito muy expresivo: La Defensa. El infante y los condes fueron enterrados en una capilla del Monasterio de Sahagún.

Bibliografía

  • Huici Miranda, Ambrosio (Granada , 2000). Las grandes batallas de la reconquista durante las invasiones africanas. Editorial Universidad de Granada. ISBN 84-338-2659-X.
  • LARA MARTÍNEZ, María; POVES JIMÉNEZ, Marino; SAIZ ORDOÑO, Agrimiro y SALAS PARRILLA, Miguel (2008). La batalla de Uclés (1108) contra los almorávides. Su contexto histórico. Ayuntamiento de Uclés.
  • SALAS PARRILLA, Miguel (Madrid, 2007). Uclés en la historia.
Obtenido de "Batalla de Ucl%C3%A9s (1108)"

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